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Las oportunidades perdidas de la crisis catalana

Por RAPHAEL MINDER  BARCELONA — La disputa provocada por las aspiraciones independentistas de algunos catalanes ha alcanzado un punto álgido en España, después de que el gobierno central tomara el paso drástico de anunciar la remoción de los líderes independentistas de la región. Muchos piensan que la situación nunca debió haber llegado a este extremo pero, como así […]

LAS LEYES Y NORMAS EN NUESTRO PAIS

Leyes

Clasificación de las leyes
Para una mayor comprensión de la importancia que tienen las leyes, es conveniente partir de la definición del concepto ley. Si se aplica un criterio orgánico y formalista leyes son solamente las expedidas por el Congreso. Pero si se tiene en cuenta un criterio material, ley es una norma general, abstracta e impersonal; estos calificativos significan que la norma jurídica se dirige no a una persona o agente concreto, sino a una categoría o clase de agentes (propietario por ejemplo), la ley por ende no es particular o individual, además significan que la ley no contempla una acción determinada sino una categoría o clase de acciones (por ejemplo el contrato de compraventa genéricamente considerado), por consiguiente la ley no es concreta.

Invitamos a nuestros lectores a consultar en los siguientes link el aporte académico que la Universidad de Antioquia facultad de derecho pone a disposición de los ciudadanos en su página de internet docencia.udea.edu.co un importante examen de los diversos tipos de leyes de acuerdo a su contenido y a su jerarquización constitucional, para lo cual podemos dividirlas en:

Leyes orgánicas
leyes estatutarias
Leyes marco
Leyes de facultades
Leyes de convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente y de convocatoria a      Referendo
Leyes aprobatorias
Leyes ordinarias

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‘Perdí la inversión de toda mi vida’: La angustia de los mexicanos sin seguro contra sismos

Por  Boletin The New York Times.es

Un edificio declarado inhabitable en la colonia Narvarte de Ciudad de México. Credit Moises Castillo/Associated Press

CIUDAD DE MÉXICO — Poco después de que el sismo que sacudió a México hace un mes dejara su departamento convertido en escombros, a Lidia G. le llegó otra sorpresa ingrata: le dijeron que no iba a poder cobrar su seguro de vivienda para paliar la pérdida.

Aunque ella es parte de un grupo reducido de mexicanos que sí han contratado una póliza para casa-habitación —se estima que apenas un 8,6 por ciento de los habitantes del país cuenta con una, según señaló a medios locales la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros—, nunca incluyó “la cobertura específica por sismo”, dijo.

“Antes de que pase algo así, uno raramente se pregunta: ‘¿Será válido para esto? ¿No será válido?’. Y ahora solo queda encontrar por dónde moverse” para solucionarlo, dijo Lidia (quien dio su testimonio a condición de mantener el anonimato mientras continúen las gestiones con su aseguradora).

Su edificio en el sur de Ciudad de México es uno de los más de mil que han sido declarados inhabitables por el gobierno capitalino tras el terremoto del 19 de septiembre, y uno de los 13 que ya tienen prevista su demolición (aunque unos 160 más esperan el mismo destino, según la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda de la ciudad).

Con el sismo de magnitud 7,1 colapsaron casi cuarenta edificios en Ciudad de México —donde vivía la mayoría de las 340 personas que murieron— y decenas de miles de habitantes resultaron damnificados y quedaron sin dónde vivir porque sus hogares, aun aquellos que se mantuvieron en pie, sufrieron daños estructurales graves. En muchos casos ni siquiera les han permitido volver a ingresar para sacar una muda de ropa o algún documento.

Esta precariedad se ve agravada por el hecho de que, del 8,6 por ciento de los mexicanos que sí tiene asegurada su vivienda, únicamente un 5 por ciento tiene cobertura ante sismos, según estimaciones de INTERprotección, un grupo de empresas mexicanas dedicadas a los seguros. Y aproximadamente un cuarto de ellos solo la tiene como parte de un paquete de crédito hipotecario. Eso significa que si cobran sus pólizas ante las pérdidas materiales, los fondos no irán a sus bolsillos, sino a manos de los bancos o instituciones que les habían otorgado la hipoteca para cubrir su saldo, indicó Luis Quintana, director del departamento de siniestros de INTERprotección.

Ester Perea y su hijo en su casa en Santa Cruz Alcapixca, Ciudad de México. Solo entre 5 y 8 por ciento de los mexicanos tienen seguro de casa habitación, según estimados. CreditHenry Romero/Reuters

Para Quintana, uno de los principales motivos por los cuales la gente no contrata este tipo de pólizas de casa-habitación es que “hay desconocimiento” sobre ellas, y por eso es que mucha gente las tramita únicamente como parte de la hipoteca. Pero eso implica que “muchas veces quienes tienen el seguro no conocen su póliza o saben cómo usarla”, dijo.

Las cifras de aseguramiento son sorpresivamente bajas si se toma en cuenta que vivir en Ciudad de México implica un riesgo considerable de sufrir sismos de esta magnitud debido a su geografía, y a que se sabe por experiencias pasadas, como el terremoto de 1985, que el movimiento telúrico puede provocar desde daños pequeños —como cristales rotos o grietas— hasta derrumbes en varias zonas de la capital.

“Desafortunadamente, la cultura del mexicano es poco previsoria, es muy del día al día en cuanto a las finanzas”, dijo Eduardo Corona, asesor financiero y de seguros que ayudó a redactar una guía para reclamar los seguros a raíz del sismo.

La historia reciente parece darle la razón: según un estudiode la aseguradora AXA, la cantidad de viviendas aseguradas en 2015, treinta años después del mortífero terremoto en el que se derrumbaron unos 400 edificios con pérdidas materiales de más de 9000 millones de dólares, había aumentado solo 2 por ciento en comparación con 1985.

Un estudio hecho el año pasado por el grupo de análisis Swiss Re sobre la protección de propiedades en América Latina halló incluso que en países como México y Chile, los más propensos a sismos fuertes en la región, las pérdidas no aseguradas han ido en aumento, tanto en vivienda como en negocios. En México, por ejemplo, Swiss Re pronosticó que las pérdidas por un sismo hipotético similar al de 1985 podrían superar los 3200 millones de dólares en un solo año; y que, de esa cifra de pérdidas, el 88 por ciento no estaría cubierta. El gobierno mexicano estima que el costo preliminar de reconstrucción por los terremotos del 7 y del 19 de septiembre de 2017 será de más de 2500 millones de dólares.

‘Quiero saber si puedo recuperar mi vivienda’

“Nosotros sí pensamos en tramitar el seguro, pero por alguna u otra razón, no llegamos a hacerlo. Si hubiera, si hubiera…”, se lamentó Elizabeth Flores, una administradora de 50 años que vive en la delegación Benito Juárez de Ciudad de México, donde sucedieron aproximadamente la mitad de los derrumbes por el último sismo. Su edificio quedó en pie, pero su apartamento en el primer piso tiene grietas profundas y es peligroso siquiera intentar entrar; es posible que requiera de muchos meses de reparaciones, si es que no hace falta demoler y reconstruir el edificio entero.

Las autoridades han ofrecido diferentes formas de ayuda para compensar las pérdidas materiales y apoyar en la futura reconstrucción, como créditos o hipotecas a largo plazo con tasas preferenciales e incluso han comenzado a repartir seguros por daños. Mientras que afectados como Lidia, que sí tenía seguro pero no por sismos, buscan tratar de conseguir fondos de cualquier manera al cobrar, por ejemplo, las primas que sí tenían y que no habían sido utilizadas, como la de cobertura por vidrios rotos.

“Es algo, aunque no creo que cuente como mucho consuelo”, opinó Corona. “Es un derecho, pero si perdiste tu casa y a lo más te van a regresar 500 pesos [unos 26 dólares] después de un trámite muy largo, no sé qué tanto valga la pena”, señaló.

Las autoridades de Ciudad de México han ofrecido apoyo por medio de hipotecas o créditos con tasas preferenciales, como el propuesto a Maria Luisa Campuzano, quien perdió su hogar en la colonia Roma. CreditMarco Ugarte/Associated Press

No solo es la falta de conocimiento la que contribuye a que haya poca gente con seguro de casa-habitación, sino la percepción de que no son costeables.

“Muchas veces”, explicó Corona, “cuando sí se contrata un seguro, ya sea de vivienda o médico o de auto, no necesariamente es el idóneo, porque nos guiamos menos por el valor de lo que cubre si sucede algo que por lo que cuesta mantenerlo antes de que pase un siniestro”.

Un seguro de casa-habitación ni siquiera es tan costoso para quienes pudieron invertir en un hogar como patrimonio, dijo Corona. El experto hizo una cotización hipotética para un inmueble con valor de 2 millones de pesos, unos 106.000 dólares: un precio promedio de apartamentos para varias colonias de Ciudad de México. De hecho, es lo que costaron los departamentos en un edificio en la colonia Portales que colapsó pese a tener menos de un año de antigüedad y cuyo derrumbe está bajo investigación. Un seguro para esa vivienda hipotética que cubriría contra incendio, sismo, erupción volcánica y fenómenos meteorológicos costaría unos 8000 pesos al año, alrededor de 425 dólares. Y no solo cubriría la pérdida del inmueble, sino hasta pertenencias y electrodomésticos.

En comparación, un seguro por un automóvil que haya costado 250.000 pesos (unos 13.000 dólares) y tenga dos o menos años de antigüedad, como ciertos sedanes de Nissan o Volskwagen, rondaría los 10.000 pesos mexicanos (530 dólares) al año.

Quintana, de INTERprotección, reconoció que hay mucho camino por recorrer en cuanto al trámite de protecciones financieras de vivienda y otros tipos pese a que ayuda a “solventar de una manera mucho más fácil y eficiente” tragedias como la del 19-S. Pero su pronóstico es optimista: cree que dentro de un año, el porcentaje de personas con seguro de casa-habitación con cobertura de sismo habrá aumentado en por lo menos un 3 por ciento.

“Hace tantos años que no teníamos un terremoto de esta magnitud que a lo mejor estábamos un poco oxidados en los procedimientos”, consideró Sofía Macías, asesora en finanzas y autora de un libro y un blog sobre temas financieros, Pequeño cerdo capitalista. “Creo que ahora sí es importante desempolvar esta parte, ya que tu hogar es tu patrimonio más importante y lo tienes que asegurar”.

Sin embargo, a un mes del terremoto, muchos mexicanos todavía están atrapados en un ciclo de subsistencia y preocupados por el día a día, lo que les dificulta pensar en protegerse contra la próxima tragedia cuando todavía no se recuperan de esta.

“Perdí la inversión de toda mi vida y por el momento no tengo de dónde sacar dinero para reconstruir ni endeudarme con las hipotecas que ofrece el gobierno”, dijo Flores, la administradora cuyo departamento es inhabitable. “Lo que quiero es saber si puedo recuperar mi vivienda y ya después vería si la aseguro o no”.

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Los preparativos en México ante el posible colapso del TLCAN

Por 

Cultivo de cebollín en un campo del estado mexicano de Baja California. Cerca del 80 por ciento de las exportaciones de México tienen como destino Estados Unidos, incluidos productos agrícolas. Credit Guillermo Arias/Agence France-Presse — Getty Images

CIUDAD DE MÉXICO — México intenta prepararse y prever cómo su economía podría adaptarse si desaparece el acuerdo que ha regido las relaciones entre estos vecinos durante un cuarto de siglo, de cara a las probabilidades cada vez mayores de que Estados Unidos se retire del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Desde la victoria del presidente Donald Trump en las elecciones estadounidenses, México ha acelerado las negociaciones para concretar nuevos tratados comerciales o actualizar algunos ya en vigor con otros países, en busca de nuevos proveedores y mercados para sus exportaciones.

El presidente Enrique Peña Nieto viajó hace poco a Chinapara dialogar acerca del intercambio comercial, entre otros temas; México también está entre los países que suscribieron el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés).

Van surgiendo nuevos proveedores. En diciembre, se espera que Argentina entregue 30.000 toneladas de trigo, su primera venta a México. Crujientes manzanas chilenas han comenzado a aparecer en los supermercados mexicanos, junto a montones de manzanas de Washington State.

Luis Videgaray, secretario de Relaciones Exteriores de México, advirtió a legisladores el 10 de octubre que México estaba preparado para abandonar las pláticas antes que aceptar un acuerdo perjudicial. CreditGinnette Riquelme/Reuters

“Necesitamos ajustar, limitar el impacto, para lo que tenemos dos opciones: hablar y dialogar o abrirnos al mercado exportador”, afirmó recientemente Ildefonso Guajardo Villarreal, el secretario de Economía y principal negociador comercial por México, en una entrevista televisada.

Por su parte, Moisés R. Kalach, quien encabeza la delegación de empresas mexicanas que asisten a las pláticas del TLCAN, comentó que las empresas están en comunicación con el gobierno para encontrar opciones de adaptación. “¿Qué debemos hacer para seguir siendo competitivos y desarrollar el sector manufacturero y agrícola?”, preguntó.

No obstante, esta separación podría producir una reacción en cadena en México que afectaría no solo el ámbito comercial. La salida de Estados Unidos del TLCAN podría provocar sentimientos nacionalistas e influir en las elecciones presidenciales de México el año próximo.

Los negociadores de México, Estados Unidos y Canadá comenzaron el 11 de octubre pasado la cuarta ronda de pláticas, cuyo propósito original era modernizar el acuerdo que sirve como base para las inversiones y el intercambio comercial entre los tres países y que ha transformado la economía mexicana.

Sin embargo, Washington ha presentado propuestas proteccionistas que tanto México como Canadá han declarado que no aceptarán, lo que da a Trump motivos para cumplir sus repetidas amenazas de retirarse del acuerdo.

El primer ministro canadiense Justin Trudeau llegó a México el 12 de octubre para ayudar a promover el TLCAN y la solidaridad de ambos países con el pacto de cara a la renegociación. CreditJose Mendez/European Pressphoto Agency

El secretario de Relaciones Exteriores mexicano, Luis Videgaray, advirtió a los legisladores el 10 de agosto pasado durante una comparecencia de que México estaba preparado para abandonar las pláticas antes que aceptar un acuerdo perjudicial.

Con todo y los fuertes comentarios de Trump, quien ha dicho que el TLCAN es el “peor tratado de libre comercio de la historia”, el efecto del acuerdo comercial ha sido exponencialmente mayor en México que en Estados Unidos, cuya economía es cerca de dieciocho veces mayor que la economía de su vecino del sur.

México, que antes era un productor de petróleo concentrado en el mercado interno, se ha transformado en una fuerza manufacturera tremenda y ahora tiene fábricas que producen automóviles, computadoras y maquinaria para exportación. Los tomates, aguacates y brócolis mexicanos abundan en los pasillos de los supermercados estadounidenses. Industrias más recientes, como la aeroespacial y de equipo médico, están prosperando.

El año pasado, las exportaciones de México ascendieron a 374.000 millones de dólares; más del 80 por ciento de esas exportaciones tuvo como destino Estados Unidos.

Sin embargo, el desempeño de México con el TLCAN en un contexto más amplio ha sido decepcionante. El ritmo de la economía interna nunca se comparó con el éxito de sus exportaciones, lo cual hizo que se ampliara la brecha entre el norte mexicano, donde predominan las exportaciones, y el sur rural.

Trabajadores mexicanos se manifestaron el 11 de octubre en la ciudad de Mexicali para exigir mejores sueldos. CreditJuan Barak/European Pressphoto Agency

Ahora, México enfrenta la posibilidad de que la porción más dinámica de su economía sufra un fuerte golpe.

El desmoronamiento del TLCAN podría ocasionar una reducción en el volumen de las exportaciones a Estados Unidos al eliminarse el acceso libre de aranceles, además de que podría detener el flujo de inversiones de empresas que establecen fábricas en México para elaborar productos destinados al mercado estadounidense.

De cualquier forma, la interrogante es cómo sería la economía después del TLCAN. El gobierno mexicano cree que el mercado de Estados Unidos seguiría en gran medida abierto. Sin el TLCAN, los derechos que impone Estados Unidos sobre la mercancía mexicana volverían a los niveles que establece la Organización Mundial del Comercio.

Las cifras varían pero se calcula que el promedio es de aproximadamente el tres por ciento para productos manufacturados. Los automóviles ensamblados en México, por ejemplo, pagarían impuestos equivalentes al 2,5 por ciento.

“¿Nos gustan esos impuestos? No. ¿Podemos sobrevivir con ellos? Sí”, afirmó Luis de la Calle, un miembro del equipo de México que negoció el tratado original. “La integración de México, Estados Unidos y Canadá continuará a pesar de sus gobiernos”.

“Sin embargo”, añadió, “habrá incertidumbre en el corto plazo”.

Guajardo, el secretario mexicano de Economía, explicó que los camiones ligeros de fabricación mexicana, por ejemplo, tendrían que pagar impuestos a una tasa del 25 por ciento en Estados Unidos. Una posible acción en respuesta a esta situación sería convertir las fábricas para la producción de automóviles, por los que se pagan impuestos muchísimo menores.

De izquierda a derecha: Ildefonso Guajardo Villarreal, Chrystia Freeland y Robert E. Lighthizer, los representantes de México, Canadá y Estados Unidos, durante las negociaciones en Ottawa, en septiembreCreditSean Kilpatrick/The Canadian Press, via Associated Press

Incluso antes del TLCAN, las plantas de ensamblaje conocidas como maquiladoras importaban refacciones libres de aranceles y enviaban el producto terminado a Estados Unidos. El fin del TLCAN “quizá no cambie por completo la logística”, afirmó Manuel Padrón Castillo, un abogado especializado en derecho mercantil del despacho Baker McKenzie en Ciudad Juárez, México, ubicada al otro lado de la frontera de El Paso, Texas.

En el largo plazo, de acuerdo con otros analistas, la salida de Estados Unidos del TLCAN “pondría en duda la viabilidad de México como un destino de tercerización”, explicó Dan Ciuriak, un experto en materia comercial del centro de innovación Center for International Governance Innovation en Waterloo, Ontario.

El TLCAN permitió el desarrollo de una red compleja para desplazar sin dificultades materia prima y refacciones a través de las fronteras, en muchos casos varias veces, pues se ensamblaban en elementos de mayor tamaño y después se incorporaban a un producto terminado.

De no existir el TLCAN, incluso si los aranceles fueran bajos, este sistema de fabricación produciría costos más elevados. “Los sectores más integrados enfrentarían obstáculos tremendos”, advirtió Ciuriak.

Si aumentan los aranceles, una posibilidad es que las empresas decidan trasladar la producción de Estados Unidos a México para reducir el número de refacciones que causan el pago de derechos.

Las banderas de Canadá, Estados Unidos y México antes de la ceremonia de inicio de la renegociación, que comenzó en agosto. CreditJacquelyn Martin/Associated Press

Otro riesgo es que las empresas trasladen la producción a Asia y compren sus refacciones ahí en vez de hacerlo en América del Norte, para pagar un solo impuesto al ingresar el producto terminado en los Estados Unidos.

Ford Motor Company puso el ejemplo este año. En enero, suspendió sus planes de construir una fábrica en México para producir el pequeño automóvil para pasajeros Focus, una decisión que Trump elogió. Sin embargo, en junio la empresa anunció que en su lugar construiría una nueva fábrica en China para producir el Focus.

La salida del TLCAN también podría tener graves consecuencias políticas.

Se “interpretará como un rechazo a México y a la mexicanidad, lo que complicará la política en la relación con Estados Unidos”, comentó el exnegociador De la Calle.

Si desaparece el TLCAN, es probable que sea negativo para los candidatos de centro en las elecciones presidenciales que celebrará México del año entrante; Andrés Manuel López Obrador, un populista de izquierda, encabeza por ahora la contienda, aunque todavía no ha hecho referencia a la relación de México con Estados Unidos.

Juan Francisco Torres Landa, un abogado especializado en derecho mercantil que trabaja para Hogan Lovells en Ciudad de México, advirtió que Trump abrió “la caja de Pandora”.

“Cuando estaba en la primaria”, explicó, “aprendimos: ‘Cuídense de los estadounidenses. Nos invadieron un par de veces, nos quitaron la mitad de nuestro territorio’”.

Según dijo, esos hechos históricos fueron quedando en el olvido conforme México y Estados Unidos estrecharon relaciones gracias al TLCAN. Pero advirtió que la desconfianza de los mexicanos podría reavivarse durante la campaña presidencial. “Alguien puede comenzar a decir que el enemigo es Trump o Estados Unidos y presentarse como la opción perfecta para enfrentar este desafío”.

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Voluntades anticipadas, decisiones de cara a la muerte

Universidad del Rosario/ Ana Isabel Gómez Córdoba
Vicedecana de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad del Rosario. Médica Pediatra, Magister en Bioética y Doctora en Ciencias Jurídicas.
Correo: anai.gomez@urosario.edu.co

Todos tenemos derecho a morir dignamente

La historia de Sofía, quien a sus 24 años terminó sus días en un hospital de Bucaramanga, lejos de su casa en Arauca, luego de pasar sus últimos meses en una batalla judicial contra su hospital y su EPS, llamó la atención de los medios de comunicación al comienzo de este año. Un periódico de circulación nacional la comparaba con la de John Shields, quien vivió y murió en Canadá, pero a cambio eligió la forma en que se detendría su corazón y organizó su propio funeral para despedirse de sus familiares y amigos cercanos.

Según el New York Times “tener control sobre el cuándo y el cómo de su muerte lo hizo sentirse –a John Shields- empoderado por su enfermedad, en lugar de postrado por ella”, decía la nota.

Lo cierto es que cada vez son más frecuentes los casos que aparecen en los medios masivos que hacen pensar en todo lo que implica llevar a la práctica el Derecho a Morir Dignamente, en la complejidad jurídica que conlleva –según la regulación de cada país– y en el desgaste emocional que suscita el tema, más aun para los familiares que deben tomar decisiones difíciles con sus seres queridos en condiciones de salud extremas.

Para entender el tema, las investigadoras de la Universidad del Rosario Ana Isabel Gómez Córdoba, médica pediatra, especialista en Derecho Médico Sanitario y vicedecana de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud, y Piedad Lucía Bolívar Góez, abogada y Magister en Derechos Humanos, hicieron una revisión documental que tiene el sustento que les dan los años de docencia, la asesoría a pacientes, el minucioso seguimiento que han hecho tras pertenecer ambas al Consejo Directivo de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente.

“Existe un momento fundamental que hace parte de la vida y es el final de la misma, cuando los seres humanos tenemos un intenso contacto con la tecnología biomédica y la manera como se tomen las decisiones frente al uso de dicha tecnología es lo que nos va a permitir un escenario de buena o mala muerte, entendiendo que el Derecho a Morir Dignamente es lo que se configuraría como una buena muerte”, dice Ana Isabel Gómez.

Históricamente –continua– se ha asociado con la eutanasia, pero este es apenas uno de los escenarios de final de la vida, válido para un grupo determinado de personas, según su sistema de creencias, valores o ideología.

En otras palabras, el Derecho a Morir Dignamente se debe entender de una manera más amplia, como todas aquellas facultades que el Estado y la sociedad le reconocen a un individuo para garantizar el ejercicio de sus derechos al final de la vida, específicamente el respeto a ejercer su autonomía, a autogobernarse y a tomar decisiones libres e informadas sobre su salud e integridad física.

De todas las disposiciones que hacen parte de este derecho, aquellas que se destacan y cuya protección han sido el objetivo de los esfuerzos de diversas organizaciones en el mundo son las del cuidado paliativo y la de poder solicitar, cumplidos los requisitos de ley, la muerte anticipada; no obstante, la eutanasia genera intenso debate en Colombia y el mundo.

*Una forma de respetar el Derecho a Morir Dignamente es la eutanasia, despenalizada en circunstancias muy específicas. El suicidio asistido y el homicidio por piedad, siguen siendo delitos tipificados en el Código Penal.

Las decisiones frente a la muerte que merecen nuestra atención

En el espectro mayor, las decisiones que se pueden tomar al final de la vida contemplan: el cuidado paliativo, que incluye medidas que buscan aliviar el sufrimiento y el dolor tanto físico, como psicológico y moral; la readecuación del esfuerzo terapéutico o limitación del esfuerzo terapéutico, es decir cuando no hay posibilidades de recuperación y las medidas que se le están ofreciendo a la persona son inútiles, desproporcionadas, fútiles o peligrosas, tendiente a que el médico reconozca que debe parar o continuar solo con lo que alivie el sufrimiento y el dolor, y no entrar en el terreno de la obstinación terapéutica o extralimitación del esfuerzo terapéutico.

La sedación paliativa y terminal (mediante uso de fármacos); el rechazo terapéutico, que es cuando el paciente no quiere más procedimientos, así estos sean útiles, proporcionados, eficaces y que el estado del arte (Lex Artis) dice que se deben hacer; la orden de no reanimación; y otras como la donación de órganos, la donación con fines de investigación y docencia, el acceso de datos clínicos a terceros, la designación de un representante del paciente en la toma de decisiones, el deseo a morir en casa, de quiénes quiero estar rodeado y si quiero asistencia religiosa o no, entre otras.

Una forma de respetar el Derecho a Morir Dignamente es la eutanasia, despenalizada en circunstancias muy específicas. El suicidio asistido y el homicidio por piedad, siguen siendo delitos tipificados en el Código Penal

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Convertirse en obrera metalúrgica la liberó, hasta que su empleo se trasladó a México

Por 

Shannon Mulcahy afuera de su casa en Whitestown, Indiana Credit Fotografías de Alyssa Schukar para The New York Times

INDIANÁPOLIS — El hombre que había llegado de México siguió a un gerente por el piso de la fábrica; pasaron extractores de aire, montacargas que emitían pitidos y máquinas perforadoras que rechinaban al atravesar el acero. Los obreros que llevaban gafas de seguridad alzaron la mirada y observaron. Otros prefirieron mirar hacia otro lado. Shannon Mulcahy sintió que se le encogía el estómago.

Era diciembre de 2016. La fábrica de Rexnord Corporation aún producía rodamientos como siempre lo había hecho. Los camiones aún descargaban tubos de acero en el puerto de carga y Bill Stinnett, un aficionado de los Indiana Pacers, todavía los cortaba en pedazos. Los pedazos aún iban al departamento de “moldeado”, donde los convertían en anillos tan pequeños como un brazalete o tan grandes como una pelota de baloncesto. Después pasaban al “tratamiento de calor”, donde Shannon —quien ama el heavy metal y los perros abandonados— los endurecía con fuego. Después al área de “pulido”, donde el primo de Shannon, Lorry Mannix, les quitaba cualquier imperfección. Y después a “ensamblaje”, donde Mark Elliot, un exsoldado de la infantería de marina, unía dos anillos, uno dentro del otro, con una serie de canicas que forman una rueda entre los anillos. El dispositivo resultante se revestía con un armazón de hierro fundido fabricado por John Feltner, padre de tres niños que acababa de recuperarse de la bancarrota.

Los rodamientos que hacían —equivalentes modernos de un artefacto diseñado por Leonardo da Vinci— se empacaban en cajas, como si fueran enormes adornos de Navidad, y se enviaban a todo el mundo. Se usaban en máquinas excavadoras, en cosechadoras de trigo que recorren los campos, en elevadores y escaleras eléctricas en las ciudades.

A veces se rumoraba que un rodamiento había terminado formando parte de algo notable —el techo plegable del estadio de los Dallas Cowboys o un submarino nuclear—, lo cual les daba a los trabajadores un sentimiento de grandeza. Pero, la mayoría de las veces, los rodamientos no eran glamorosos, sino objetos anónimos que pasaban desapercibidos, al igual que los obreros que los hacían, en quienes rara vez se pensaba más allá de los muros de la fábrica.

A Shannon Mulcahy eso no le molestaba.

Cuando comenzó a trabajar en la planta, a los 25 años, su único objetivo era librarse de un novio que la golpeaba. En ese entonces, su cabello rubio platinado y su silueta de reloj de arena atraían miradas en la fábrica. Ahora, a los 43 años, era más común que los hombres hicieran comentarios sobre sus hombros anchos, capaces de levantar una bandeja de acero de 33 kilogramos, o sobre sus manos manchadas de aceite.

“Son mis máquinas de hacer dinero”, dijo Shannon.

Ser obrera metalúrgica no había sido fácil. Pero había aprendido a defenderse sola. Si un hombre divulgaba un rumor falso de que había dormido con ella, entonces Shannon esparcía otro de que él había sido terrible en la cama. Si una mujer quería pelear, aprendía a decir “Este es un lugar de trabajo” en vez de meterse en una riña ahí, en ese momento.

Shannon trabajaba en el segundo turno —de las 14:00 a las 22:00— lo cual dificultó que obtuviera la custodia de su hija o mantuviera vigilado a su hijo durante sus años de adolescencia.

Shannon con su nieta, Carmella CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon con su hijo, Kent Roberts Jr., conocido como Bub, y Carmella; ambos viven con Shannon. CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Sin embargo, la fábrica anclaba su vida, que en otros aspectos era tumultuosa. Los hombres habían ido y venido. Había comprado y perdido casas. Pero el empleo siempre había estado ahí. Durante 17 años. Hasta ese momento.

Shannon y sus compañeros habían recibido la noticia en octubre: la fábrica iba a cerrar. Los rodamientos de bolas se mudarían a una nueva planta en Monterrey, México. Los rodamientos de rodillos se irían a McAllen, Texas. Cerca de 300 trabajadores perderían sus empleos.

Los jefes la llamaron “una decisión empresarial”.

Para Shannon, se sintió como una bofetada.

Su novio intentó consolarla. “Somos sobrevivientes”, le dijo. “Nos las arreglaremos”.

La hija de Shannon no estaba segura. Nicole Wynne, estudiante de preparatoria, había soñado con ser la primera en su familia en ir a la universidad. Encontrar la manera de pagarla la mantenía despierta por las noches. Esta noticia hacía que se preocupara aún más.

Y el hijo de 23 años de Shannon, Kent Roberts Jr. —conocido como Bub— dependía de Shannon porque ella lo ayudaba a mantener a su hija discapacitada de 4 años, quien de milagro había logrado sobrevivir una serie de intervenciones quirúrgicas mayores.

“Dios mío, mamá”, dijo Nicole. “¿Qué vas a hacer?”.

Shannon no tenía idea. Deseó que la nueva fábrica en México quedara hecha cenizas. Esa noche lloró… y la noche siguiente y la siguiente.

Entonces, el lunes, Shannon hizo lo único que sabía hacer. Se puso su delineador color azul eléctrico y se fue a trabajar.

Días idílicos y meses tormentosos

Durante meses, Shannon siguió trabajando mientras la fábrica se cerraba a su alrededor. Le costaba trabajo encontrar la respuesta a cuestiones directas: ¿debería capacitar a los trabajadores de México por un pago extra o rehusarse? ¿Debería volver a estudiar o buscar un nuevo empleo, sin importar cuánto le pagaran?

Además, se vio obligada a enfrentar una pregunta más aplastante que acecha a gran parte del 67 por ciento de los adultos estadounidenses que no tienen un título universitario: ¿cómo luce mi futuro en la nueva economía de Estados Unidos?

La planta de rodamientos de 38.090 metros cuadrados, con sus ventanas teñidas de azul y gris y su asta en la parte frontal, había sido construida por una empresa llamada Link-Belt en 1959, en los días idílicos de la manufactura estadounidense.

Pero a lo largo de los años, los rodamientos más baratos fabricados en el extranjero erosionaron las ganancias. Para seguir siendo rentable, la fábrica remplazó a algunos de los trabajadores con máquinas y subcontrató a terceros para la fabricación de algunos componentes. Después, el director ejecutivo de Rexnord anunció el plan para mudar los empleos a México; algo que, dijo, reduciría 30 millones de dólares en costos y generaría mayores ganancias para los inversionistas.

Los representantes sindicales redactaron una lista de concesiones en un intento por salvar la planta. Pero ninguna concesión podía cambiar los cálculos. En Indiana, los trabajadores ganaban en promedio 25 dólares por hora, más beneficios. En Monterrey ganaban menos de 6 dólares la hora.

Mudar la fábrica les pareció lógico a quienes tenían títulos universitarios. Esperaban que los obreros veteranos pudieran ser remplazados por otros nuevos, como partes intercambiables. Que los principiantes pudieran aprender en algunas semanas lo que los trabajadores de Indianápolis habían pasado años dominando. Que los obreros que habían dedicado todas sus vidas a construir rodamientos que presumían como los mejores del mundo capacitaran a sus remplazos y siguieran adelante con sus vidas en otro lado.

Pero no sucedió así.

Rexnord había anunciado que la fábrica cerraría en seis meses. Tomó casi un año. La empresa, que rechazó hacer comentarios para este artículo, tuvo contratiempos, sabotaje y mala publicidad que convirtió a la fábrica en un símbolo de preocupación nacional debido a la pérdida de empleos.

La desaparición de la fábrica, que refleja la de muchas otras fábricas estadounidenses, había perforado la conciencia nacional a causa de un tuit.

“Rexnord de Indianápolis se mudará a México y está despidiendo vilmente a sus 300 trabajadores”, escribió en diciembre Donald Trump, entonces el presidente electo. “¡No más!”.

El local de United Steelworkers, en 1999, en Indianápolis CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Dos semanas más tarde, una carta de Todd Adams, el director ejecutivo de Rexnord, apareció en el tablero de boletines de la fábrica. “A pesar de la retórica política”, escribió Adams, “nuestras operaciones en Estados Unidos son el hogar de cerca de 4000 asociados: más de la mitad de nuestra fuerza de trabajo global”. Los asociados de Rexnord, escribió, “son talentosos y apreciados”.

Alguien dibujó una mano en la carta, con el dedo medio apuntando hacia arriba.

Como muchos trabajadores, Shannon tenía la esperanza de que Trump salvara la fábrica, sobre todo después de que anunciara que había salvado algunos empleos en Carrier, una planta a un kilómetro de distancia. Después de que Trump tuiteara una amenaza de gravar “mucho” a Rexnord por mudarse al otro lado de la frontera, Shannon respondió al tuit: “¡Adelante, PRESIDENTE TRUMP!”.

Shannon no fue a votar en la elección presidencial; cree que los políticos son mentirosos. Y acabó apoyando a Trump. Los demócratas hablaban de redes de seguridad social, pero él hablaba de trabajos.

“No desprecio a quienes utilizan cupones para alimentos”, dijo. “Pero quiero trabajar para ganarme la vida”.

Siempre había estado orgullosa de su trabajo. Cuando se encontraba con amigos de la secundaria, les contaba que trabajaba en Link-Belt, consciente de la envidia que provocaba. Shannon era una empleada de toda la vida. Su tío había trabajado en la fábrica desde antes de que ella naciera. Su valoración personal estaba vinculada con la marca. Los rodamientos que construía eran de primera categoría.

Se aferró a eso. “Todavía me importa”, dijo en marzo de este año. “No sé por qué. Se convierte en una identidad. En una parte de ti”.

Para trabajadores como Shannon, los meses finales de la fábrica fueron un periodo de reinvención y retribución. De rezar para que Donald Trump los salvara y de discutir acerca de por qué no lo hizo. De debatir acerca de si debían capacitar a sus remplazos mexicanos o evitarlos. De jurar que, algún día, los jefes corporativos se darían cuenta de que hacer rodamientos no era tan fácil como parecía.

‘Me hace sentir un poco importante’

El primer día que Shannon puso un pie en el departamento de “Tratamiento de calor” en 2005, los tipos que trabajaban allí le dijeron que diera vuelta a una válvula y abriera la puerta de una caldera. ¡Bum! Una llamarada de fuego salió de ahí. Ella gritó y ellos se rieron.

“El tratamiento de calor no es para mujeres”, declaró uno.

Shannon pensó en regresar a su trabajo en la línea de ensamblaje de la fábrica, donde trabajaban otras mujeres. Pero el tratamiento de calor era prácticamente un área especializada. Oportunidades como esa eran escasas, sobre todo para una madre soltera que no había acabado la secundaria.

Además, Shannon no fue criada para hacer mucho caso de las reglas acerca de lo que una mujer debe hacer o no. Los padres de Shannon se casaron cuando eran adolescentes. Más adelante se divorciaron y su madre consiguió un empleo de aseo de habitaciones en un hotel. Hacía que le alcanzara el dinero con cupones de alimentos y pensó que había tenido suerte cuando se casó con un camionero que vivía en un remolque cerca del suyo. Él las llevó a vivir a una casa de verdad en un pueblo tranquilo donde Shannon se hizo porrista y se interesó por la escuela.

Sin embargo, el camionero comenzó a meterse a la habitación de Shannon por las noches. Fue a prisión, pero sin su sueldo perdieron la casa.

“Jamás dependas de un hombre”, le advirtió su madre.

Shannon nunca olvidó ese consejo, pero la vida encontró la manera de entrometerse. Su madre murió joven debido a un problema cardiaco, por lo que Shannon, a los 19 años, debió cuidar a dos hermanos menores y al bebé que tuvo. Buscó un salvador. Pensó que había encontrado uno en Dan Wynne, quien trabajaba en una empresa de retroexcavadoras y conducía una linda camioneta roja.

Shannon se maquilla antes de ir a la ceremonia de premiación de la preparatoria de su hija.CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Se habían conocido en un local de tatuajes cuando tenía veintitantos. Fue el primer hombre que la llevó a cenar.

“Pensé: ‘Muy bien, ¿en qué me podría afectar?’”, recordó Shannon.

Pero Dan era dominante y tenía un temperamento violento. Una vez la tomó por la garganta y le azotó la cabeza contra el piso, de acuerdo con los registros de un juicio en el que fue encontrado culpable. En otra ocasión, arrojó las llaves de su auto en un barranco helado. Dan no aceptaba que ella trabajara en una fábrica llena de hombres, sobre todo porque tenían una hija pequeña.

La primera noche que Shannon llegó a casa del trabajo, Dan sacó sus pertenencias al jardín. Durante años tuvieron una relación turbulenta y se acusaron mutuamente de violencia, según registros de los tribunales.

Su empleo la liberó. Shannon se esforzó para escalar desde el puesto de encargada de mantenimiento hasta llegar a ser operadora de tratamiento de calor, con un sueldo de 25 dólares la hora. Con esa cantidad de dinero, no dejaría que nadie la alejara de ese empleo.

Encontró a un mentor en Stan Settles, quien había trabajado en la fábrica durante casi medio siglo y conocía todo acerca de una máquina de inducción de calor color verde botella, que tenía un letrero de advertencia con la palabra “PELIGRO” en un costado. El apodo de la máquina era la Tocco, un nombre que recibió por la empresa que la creó, Ohio Crankshaft Company.

Stan le enseñó a Shannon cómo meter la bobina del tamaño correcto en el gabinete de la Tocco y hacer que se prendiera como el encendedor de cigarrillos de un auto. Le enseñó cómo hacer que la máquina hiciera girar los aros de acero dentro de la bobina caliente durante el tiempo preciso y aplicarles agua en el momento justo, con lo que se fijaba la nueva estructura molecular del metal.

A lo largo de los años, Shannon llegó a conocer las calderas de manera tan íntima como si se tratara de personas. La caldera de autoapagado, con sus escaleras de metal amarillo, podía necesitar tanto mantenimiento como una vieja reina de belleza. La caldera de lotes podía arrojar fuego por su chimenea, como un bebedor de whisky con mal humor. La Tocco, su favorita, se descomponía como un novio dependiente cuando lo dejaba solo durante mucho tiempo.

Shannon se había hecho de una reputación por hacer demasiadas pausas para fumar y por ponerse rímel en el taller. Pero conocía las calderas mejor que casi todos los demás empleados. No le importaba recibir las llamadas de otros trabajadores que le pedían resolver los problemas de las máquinas.

“Me hace sentir un poco importante”, dijo.

Stan juró que jamás se jubilaría. Hace algunos años, Shannon lo encontró detrás de las calderas, respirando trabajosamente. Él le rogó que no le dijera a la enfermera de la fábrica, pero ella lo hizo.

“Jamás me perdonaría si mueres aquí”, le dijo.

Murió meses después. Shannon se volvió la veterana del departamento, a la que los jefes recurrían cuando los nuevos operadores necesitaban capacitación.

Aun así, no estaba preparada para la última petición de Rexnord: ¿sería capaz de capacitar a los trabajadores mexicanos que habían contratado para remplazarla?

Divisiones en el piso de la fábrica

El otoño se convirtió en invierno. Aparecieron grafitis en el baño de hombres de la fábrica: “Construyan el muro” y “¡Regresen a México!”.

Durante años, Shannon había escuchado quejas de que los mexicanos estaban “llevándose nuestros trabajos” y de que los inmigrantes indocumentados estaban impulsando los salarios bajos.

A medida que más y más fábricas de Indianápolis se mudaban a México, más y más mexicanos se asentaban en Indianápolis. Para 2015, alrededor 30.000 personas en Marion County, donde está Indianápolis, habían nacido en México, más del doble que en 2000, de acuerdo con el Migration Policy Institute.

Tan solo a unas cuadras del auditorio sindical, un vecindario al que alguna vez apodaron Hillbilly Heaven ahora se conocía como Little Mexico. Casi todos los negocios a lo largo de un transitado tramo de carretera tenían publicidad en español. Los inmigrantes trabajaban dándole mantenimiento a los jardines, reparando techos, pintando casas… empleos que los volvían competencia de trabajadores estadounidenses no especializados que estaban en dificultades después de haber perdido sus trabajos en fábricas.

Shannon alguna vez rentó una casa en Little Mexico, en la misma calle en la que había un local que vendía burritos del tamaño de un brazo por cuatro dólares. Se sentía extraña sentada entre los clientes que bromeaban en español. Pero le daba curiosidad el país. La última esposa de su padre había nacido ahí.

“Son mucho mejores como trabajadores”, dijo Shannon, “porque no tienen esta oportunidad en su lugar de origen”.

Los primeros aprendices llegaron a la fábrica de Rexnord en época navideña. John Feltner los vio desde su máquina. Todos los que estaban cerca pudieron escuchar que se rehusó a capacitarlos.

“No venderé mi alma por 4 dólares extra la hora”, dijo. “Eso es menos que un paquete de cigarrillos”.

John, vicepresidente del sindicato, provenía de una larga dinastía de sindicalistas. Fue severo con los que se ofrecieron para dar capacitación: “Es igual que romper una huelga”.

En el departamento de ensamblaje, Mark Elliot les dio la bienvenida a los aprendices con voz resonante. Mark se ofreció como voluntario para capacitar a los nuevos empleados en cuanto Rexnord anunció el cambio. Quienes dieran la capacitación en México recibirían un bono de 5000 dólares.

“Voy tras ese dinero”, dijo. “No puedo evitar el cierre. Todo lo que puedo hacer es tratar de surfear la ola de mi despido”.

Mark Elliott en su casa en Indianápolis CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon conduciendo a su trabajo en la fábrica Rexnord CreditAlyssa Schukar para The New York Times

En los mítines, John instó a sus compañeros y compañeras sindicalistas a unirse contra la empresa: “Únanse y luchen por su sustento”.

Pero la crisis sacó a la luz sus diferencias.

En una fábrica donde los trabajadores de raza blanca y negra jugaban a los bolos los martes por la noche, donde por lo menos dos romances cruzaron las fronteras raciales, surgió una separación sutil: muchos hombres blancos como John se rehusaron a capacitar a los mexicanos y repudiaron a quienes lo hicieron; muchos hombres negros como Mark se ofrecieron abiertamente.

Los trabajadores blancos que aceptaron capacitar a sus remplazos lo hicieron sin anunciarlo, y lo mantuvieron en secreto tanto como pudieron, dijo Jim Swain, el supervisor de Shannon.

Algunos hombres blancos se quejaron de que llevaban décadas viendo disminuir sus oportunidades económicas. Habían compartido sus trabajos con hombres negros… y después con mujeres. Ahora que los negros y las mujeres eran aceptados en cada faceta de la vida en la fábrica, los empleos se iban a México. Parecía la prueba de que la mejor época ya había pasado.

Un trabajador, Bill Jones, renunció de pronto, desaprovechando la oportunidad de obtener 10.000 dólares por su despido, porque no soportaba ver a los aprendices mexicanos. “Es deprimente”, dijo, “que te recuerden todos los días que no tienes futuro”.

Muchos de los trabajadores negros dijeron que el cierre de la fábrica era una oportunidad para volver a estudiar o abrir un negocio. Para ellos, había pocas probabilidades de que el porvenir fuera peor que el pasado. Incluso quienes se rehusaron a capacitar se negaron a hablar mal de los trabajadores mexicanos.

“No es su culpa”, dijo Mark.

Muchas de las mujeres tuvieron sentimientos encontrados respecto a ambos puntos de vista. Shannon, que es blanca, sintió amargura por perder su empleo, pero necesitaba el dinero. Los grupos de mujeres —negras y blancas— acordaron dar la capacitación juntas.

Cuando los aprendices mexicanos llegaron, Shannon se puso cerca de su caja roja de herramientas, que estaba decorada con fotos de su nieta Carmella. La niña había estado en coma durante meses, después de una serie de complicaciones por un extraño trastorno cromosómico.

Shannon había pedido días libres para estar a su lado. Los dedos de la niñita se habían puesto negros como dos plátanos maduros debido a la falta de circulación. Los médicos los amputaron. Shannon limpió sus heridas y les puso vendaje.

Ahora Carmella dormía en una pequeña cama en la sala de Shannon. Todas las noches, cuando Shannon llegaba de la fábrica, Carmella movía los brazos, ansiosa por que la abrazara. Ahora que Shannon estaba a punto de perder su empleo, necesitaba el bono de 5000 dólares para que la niña tuviera un techo.

Shannon juega con su nieta Carmella, quien tiene 4 años.CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon cambia el tubo de la traqueotomía de Carmella, quien padece una enfermedad cromosómica que ha provocado que la niña pase por varias intervenciones quirúrgicas mayores.

“Debo hacerlo”, le dijo a su hija Nicole.

En cuanto se decidió, comenzó a pensar en motivos por los que dar la capacitación era lo correcto.

Ayudaría a los mexicanos, que eran más pobres que ella: “Dios querría que compartamos”.

Quería un pasaporte y la oportunidad de ir a México patrocinada por la empresa: “Jamás podría hacerlo si no fuera así”.

Quería asegurarse de que los nuevos operadores de la Tocco la cuidaran como es debido: “Me permitirá despedirme de la Tocco. Sé que suena demente, pero siento que es mía”.

Shannon buscó Monterrey en internet. Vio una gran ciudad, rodeada de montañas. No lucía para nada como las carreteras de tierra que había imaginado. Le sorprendió ver cuántos proveedores y rivales de Rexnord ya estaban allí.

“Ese es el futuro de la manufactura”, dijo. “De todo, al parecer”. Quería ser parte del futuro, aunque fuera solo durante unas cuantas semanas.

Después de que se supo que había decidido ir a capacitar a México, un compañero se rehusó a mirarla a los ojos. Shannon se mostró firme, como si no le importara.

Le preocupaba más Bob Osborne, un hombre que trabajaba en el mantenimiento de las calderas. Bob había sido uno de los pocos empleados que había visitado a Carmella en el hospital. Había recaudado más de 900 dólares de sus compañeros para ayudar a su familia. Después de que Shannon acordó capacitarlos, Bob habló con ella y le dijo no quería saber nada del asunto. No tenía nada contra los mexicanos, dijo. Simplemente no quería ayudar a Todd Adams a cumplir su plan.

“Si estás trabajando en esa Tocco mientras capacitas, y se descompone, no voy a ir a arreglarla”, advirtió.

El primer día que Shannon dio capacitación, alguien abrió la válvula de la Tocco sin que ella lo advirtiera. El agua corría por todas partes. La segunda vez, el cerebro computarizado de la Tocco dejó de comunicarse con sus partes mecánicas. Ni siquiera el electricista pudo arreglarla. Después de que perdieran el día, Shannon se dio cuenta de que habían desconectado un cable.

Una furia maternal se acumuló en su pecho: ¿quién atacaría a una máquina indefensa? A su alrededor, la fábrica emitía sonidos y rugidos, como si la vida continuara igual que siempre. Pero nada era como antes. Un resentimiento furtivo se había hecho presente.

Dieciséis Ricardos por una Shannon

El invierno se convirtió en primavera. La planta estaba vacía, despojada pieza por pieza. Se llevaron la trituradora de Lorry. Después la celda de ensamblaje de Mark. Después la máquina de John. El vacío de la fábrica crecía.

Shannon y sus compañeros aún hablaban de cómo salvar la fábrica. Algunos culpaban a los accionistas por su cierre. Shannon pensaba que si les escribía una carta, quizá podría hacer que cambiaran de parecer. Un día, buscó en internet los nombres de los accionistas.

La mayor parte de las acciones de Rexnord están bajo el control de fondos de inversión gestionados a nombre de inversionistas mundiales. Para muchos, Rexnord no era más que tres letras en una página —RXN— con una flecha que apunta hacia abajo o hacia arriba.

En el modelo actual, los directores ejecutivos como Adams obtienen más compensación en acciones para alinear sus intereses con los de los accionistas, quienes ahora se consideran más importantes que otros involucrados. Por eso es que Adams se llevó unos 40 millones de dólares a lo largo de los últimos seis años, pues redujo el costo de la mano de obra.

Shannon jamás encontró una lista con los accionistas de Rexnord. Era un misterio: tan anónimos como omnipotentes.

Shannon aún cuidaba las calderas cada noche, fingiendo que el presidente Trump todavía podía salvar sus empleos.

Pero la realidad se hizo más difícil de ignorar cuando llegaron dos hombres mexicanos para aprender sobre la Tocco.

Shannon sabía que se sentiría celosa de los hombres que se la llevarían. Pero ambos le parecieron agradables. Le mostraron más respeto que algunos de los estadounidenses que había capacitado.

El más joven, un trabajador de mantenimiento llamado Tadeo, destilaba una emoción que contrastaba con las miradas apagadas de los trabajadores estadounidenses de la planta. El mayor, un ingeniero de procesos llamado Ricardo Valdez, era guapo, se mostraba seguro y le gustaba bromear. “¡Eres fuerte!”, le dijo a Shannon, flexionando los brazos. (Ricardo no regresó varias llamadas y correos electrónicos).

Una tarde llevó a Ricardo al laboratorio y le mostró su sistema de revisión de muestras bajo microscopio. Él echó un vistazo por todo el lugar, como un hombre que busca pistas, recordó Shannon.

“¿Por qué no te mudas con la fábrica?”, le preguntó.

“No nos ofrecieron ir”, respondió.

Los ojos de Ricardo se abrieron con sorpresa. A Shannon le dio la impresión de que nunca les habían dicho a los obreros mexicanos que se quedarían con los empleos de sus capacitadores estadounidenses.

“¿Entonces solo te dejarán aquí?”.

Shannon asintió. “¿Cuánto te pagan?”, le preguntó. “A mí me pagan mucho”.

Sacó su recibo de sueldo y lo puso sobre la computadora.

“¡Eres rica!”, le dijo él.

“No soy rica, querido”, le respondió. “Tengo cuentas por pagar”.

Su hipoteca: 1300 dólares. La cuota de su auto: 400 dólares. Pañales y medicina para Carmella. Impuestos. Los cheques de Shannon desaparecían rápidamente.

Shannon en el supermercado en Lebanon, Indianápolis CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon admite que no es buena ahorrando. Reparte dinero sin dudarlo a quienes lo necesitan. Un dólar para el hombre que vive en la carretera. El pago del auto de Nicole. Una cirugía de 1200 dólares para un pitbull que había adoptado y tragó estopa de acero. Ricardo sacó una calculadora.

“Dieciséis”, anunció. Por el costo de una Shannon, Rexnord podía pagarles a dieciséis Ricardos.

“Pero no entiendes”, dijo Shannon. “Tienen dinero. Simplemente no quieren dártelo”.

Shannon se sintió más cercana al aprendiz más joven, Tadeo. (Su apellido se ha mantenido en reserva debido a sus preocupaciones sobre sus posibilidades laborales). Tenía 23 años, la misma edad que su hijo. Shannon lo llamaba “Tad” o “Kid”. Tenía una barba de candado y la costumbre de decir “Yes, yes”, incluso cuando Shannon no estaba segura de que hubiera entendido.

Shannon jamás lo dejó solo en la fábrica. Él la seguía como un patito cuando ella salía a fumar.

Una vez Shannon mencionó lo mucho que tardaba en llegar en auto al trabajo.

“¿Tienes un auto?”, le preguntó él.

“¿Tú no?”, respondió ella.

Shannon pudo haberle dado a Tad la capacitación mínima, responder algunas preguntas y recoger su cheque. Pero así como Stan Settles le había pasado todo su conocimiento, Shannon capacitó a Tadeo como si fuera uno de los suyos.

Le mostró cómo asegurar la bobina y asegurarse de que los aros de acero giraran sin tocar los lados. Si fijabas el borde incorrecto, el eje podía romperse. “Muy bien”, le dijo Shannon. “Es tu turno”.

Tad trabajó con la Tocco toda la tarde. Shannon se dio cuenta de que salía agua de las mangueras. Una manguera suelta podía disparar agua por toda la fábrica. “Asegura tus mangueras”, le dijo.

También había instalado la pieza de cobre al revés. Pero ese no era un gran problema. Había navegado con destreza los desafíos de traducir del inglés al español, de las pulgadas a los metros. Se sintió orgullosa de Tad.

Antes de regresar a México, Tad habló con Shannon. Puso la mano sobre su corazón.

“Mi amigo me dijo que la razón por la que no le agradamos a mucha gente es que les estamos quitando sus trabajos”, dijo con voz angustiada.

“No estoy enojada contigo”, dijo. “Estoy feliz de que tengas la oportunidad de hacer algo de dinero. Yo tuve la bendición durante un tiempo. Odio no tenerla ya. Ahora es tu turno de recibirla”.

Hijas e hijos

Llegó mayo.

Shannon soltó el pasador en su cabello e inclinó la cabeza hacia adelante, revelando una mancha de calvicie del tamaño de una moneda de un dólar. Su hija Nicole la tocó cautelosamente, entrecerrando los ojos.

En medio de las muchas cirugías de Carmella, el cabello de Shannon se había caído en manojos. “Calvicie relacionada con el estrés”, dijo.

“Creo que ha ido reduciéndose”, dijo Nicole. “De verdad”.

Shannon había luchado amargamente por la custodia de Nicole, pero se había quedado sin dinero para un abogado. El padre de Nicole ganó la custodia, pero tiempo después murió de un infarto y Nicole se mudó con su abuela paterna, Patricia Wynne. Shannon reunió 5000 dólares para pagar el anticipo de una casa cercana, en Whitestown, y Nicole pasaba ahí algunos fines de semana. Shannon y Nicole habían estado muy unidas desde que supieron que la fábrica cerraría.

Shannon la llamaba a menudo y se lamentaba por su antigüedad perdida y por todo el tiempo que no había pasado con sus hijos por estar trabajando. Nicole murmuró: “Lo lograremos”, como si ella fuera la madre y Shannon la hija.

“¿Qué vamos a hacer cuando no tengamos seguro médico?”, preguntó Nicole. “¿Y Carmella?”.

Las preguntas flotaron en el aire primaveral como un pañuelo al viento, ondeando de un lado a otro.

Y se asomaba una pregunta más grande: Nicole había sido aceptada en la Universidad Purdue, pero no tenía idea de cómo podría pagarla. Nicole necesitaba que Purdue supiera que su madre perdería su empleo y que no podría ayudar con la colegiatura.

“Debería ser capaz de mantenerte”, lamentó Shannon. “Ni siquiera sé qué voy a hacer ahora. Volveré a estudiar. Debo hacerlo porque ya está pagado. Debo aprovechar eso”.

Shannon era apta para recibir hasta dos años de capacitación bajo el programa de ayuda para la readaptación de oficios del gobierno federal. ¿Pero capacitarse para qué?

Unas semanas después, Shannon agonizaba porque no sabía qué ponerse para la Noche de Honores en la escuela de Nicole. Esa noche averiguarían si había recibido alguna beca.

“No quiero avergonzar a mi hija, de ninguna manera”, dijo.

Incluso sin universidad, Nicole ya había llegado más lejos que cualquier otra persona en la casa de Shannon. Ella y Larry habían obtenido sus Diplomas de Educación General, pero Bub no.

Bub y Carmella CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon con su hija, Nicole Wynne

Shannon solía tener la esperanza de que Bub conseguiría un empleo en Rexnord. La fábrica estaba llena de pares de padres e hijos. ¿Por qué no una madre y su hijo?

Pero Bub necesitaba un Diploma de Educación General. Entonces Carmella llegó a este mundo y se enfermó, y Bub tuvo que cuidarla. Y ahora Shannon perdería su empleo.

Quizá una vez que la fábrica cerrara, dijo, podría quedarse en casa con Carmella y Bub podría conseguir un empleo.

Pero Bub tenía menos posibilidades de apoyar a la familia que Shannon. Solo había tenido un trabajo en su vida: descargar paquetes en FedEx por 11 dólares la hora.

Al llegar a la preparatoria, Shannon y Bub se reunieron con la abuela de Nicole, que había estado “rezando todo el día”.

Nicole ya había obtenido algunas becas. Pero todavía necesitaba más de 30.000 dólares para los cuatro años de universidad. Con ojos llenos de esperanza y ataviada con un vestido color azul cielo, tomó asiento en el escenario.

El director comenzó por anunciar los premios. Pero 20 minutos después de empezado el programa, no habían llamado a Nicole. El salón se quedó en silencio al escuchar el anuncio de una de las grandes becas, por 8000 dólares: la Beca Pliny & Mildred Randall Memorial.

“El galardonado debe provenir de la tercera parte más destacada académicamente de su generación”, dijo el director, Kevin O’Rourke. “Y la recibirá…”.

“Por favor, Dios mío”, oró Shannon.

“Nicole Wynne”.

Nicole obtuvo una beca de más de 30.000 dólares para que pueda pagar su colegiatura en la Universidad Purdue. CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Shannon felicita a Nicole después de la ceremonia de entrega de becas; a la derecha: la medalla que le dieron a Nicole.

Shannon se abanicó con el programa.

“Voy a llorar”, dijo.

De pronto, Nicole comenzó a acumular premios. El más grande fue la Beca Educativa de la Familia Isenhower, “diseñada para ayudar a los estudiantes que han enfrentado adversidades, desafíos o situaciones de vida difíciles que podrían limitar su capacidad de desarrollar su potencial al máximo”.

El monto: 20.000 dólares.

Un nuevo trabajo, no. Una piscina con forma de pulpo, sí

El verano llegó. El sol ardiente se convirtió en una bobina que endurecía la tierra con su radiación. La fecha de cierre de la fábrica pasó de abril a junio porque las plantas en Monterrey, México, y en McAllen, Texas, estaban demorando más tiempo de lo esperado en arrancar.

Los capacitadores regresaron con anécdotas de todo lo que estaba saliendo mal. En Monterrey había desaparecido equipamiento. Un lote de rodamientos hecho en McAllen no giraba. En la planta de Indianápolis circulaba un chiste: “Rexnord sacó una nueva línea de rodamientos: los que no se mueven”.

La inmensa variedad de rodamientos, que eran miles, hacía difícil que los nuevos obreros se los aprendieran todos. Las instrucciones estaban en inglés. Y no todos los pasos estaban anotados.

A lo largo de los años, los trabajadores habían tenido que hacer ajustes. “Eso está en las pequeñas libretas de la gente y en sus cabezas”, dijo Jim Swain, el exsupervisor de Shannon. Los trabajadores de Indianápolis ahora eran necesarios más que nunca, aun cuando se acercaban sus despidos. Trabajaban siete días a la semana y odiaban cada minuto del trabajo, pues no sabían que harían sin él.

Shannon había estado aplazando el momento de buscar un nuevo trabajo. Pero, finalmente, un día húmedo de julio, pidió permiso para salir temprano de la fábrica para asistir a una feria de empleos.

Otros ya habían iniciado su nueva vida, pero quienes aún debían encontrar trabajo pasearon por la feria de empleos y se toparon con los demás, lo que le dio a la sala la sensación de que se trataba de una reunión.

Shannon se encontró a su amigo Bill Jones, que había renunciado de manera repentina. Estaba trabajando como camionero, pero quería algo mejor.

Se acercaron a la mesa de Sheet Metal Workers, Local 20. “Si no te asusta el trabajo pesado y nunca faltas, el cielo es el límite”, les dijo Tim Chaote, un reclutador.

La mano de Shannon se abalanzó para tomar un folleto.

Shannon en una feria de trabajo del sindicato en Indianápolis, con Tim Choate (a la izquierda) y el reclutador Bill Jones, quien antes fuera su colegaCreditAlyssa Schukar para The New York Times

En la feria organizada por el sindicato estadounidense Laborers’ International Union of North America CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Pero el periodo de capacitación duraba cinco años y el sueldo inicial era de 16,70 dólares la hora. Pasarían años antes de que pudiera ganar 33 dólares, el sueldo de un oficial.

“¿Cuándo es el siguiente curso?”, preguntó Shannon.

“Necesitaremos tu diploma de preparatoria”, dijo Chaote. “Una copia de tus expedientes de preparatoria. Después te haremos una prueba. En cuanto la pases, te haremos una entrevista”.

El ceño de Shannon se frunció.

“Pero al final te aceptan, ¿no?”, preguntó.

Él sonrió y admitió: “No hay garantía”.

El verano se prolongó. La fecha de cierre de la fábrica se atrasó de nuevo, hasta septiembre. Los espacios vacíos se habían hecho tan grandes que Shannon ya no podía evitarlos.

Sabía que necesitaba empezar a ajustarse a un presupuesto, pero no podía. Las compras se habían convertido en una de las pocas cosas que disfrutaba.

De niña había odiado ir al supermercado con su madre, avergonzada de los cupones de alimentos que usaban. De adulta, a Shannon le gustaba el ritual del consumo.

Nunca se había sentido del todo como la ciudadana de una democracia. “La gente como nosotros”, decía, “no es escuchada”. Pero su empleo la había transformado en una consumidora de cosas… había alcanzado un estatus: el tipo de persona que compra salsa de tomate Heinz en vez de la marca genérica.

Para los defensores del libre comercio, esa es la verdadera medida de la prosperidad. Los empleos se van al extranjero y los salarios se estancan, pero los estadounidenses compran más cosas que nunca antes. Shannon sabía que estaba en peligro de perder su casa. Aun así, seguía llenando el carrito de compras con nuevos juguetes para Carmella. Ese verano le compró una piscina verde con forma de pulpo. Una tobogán rojo de plástico. Una casa inflable hecha en China.

“Te veo mucho por aquí”, le dijo una noche la cajera del supermercado. “¿Dónde trabajas?”.

“Link-Belt”, respondió Shannon. “Ahora es Rexnord”.

La sonrisa de la cajera desapareció. “¿No es el lugar que están cerrando?”.

Perdiendo dos ‘bebés’ en una semana

Llegó agosto. Las hojas caían por los aires, como la ceniza de una caldera de lotes. Shannon se tomó un día libre para ayudar con la mudanza de Nicole a la universidad.

Para Shannon, este día era una victoria y una pérdida.

Una victoria porque su hija llegaba más allá de una fábrica. Una pérdida porque la persona en la que más se apoyaba Shannon se estaba yendo.

“Nicole era mi roca”, dijo Shannon, con la voz entrecortada.

El trayecto de una hora en auto hasta la Universidad Purdue se sintió como una distancia insoportable para Shannon. Era como si Nicole estuviera flotando en una balsa mientras Shannon se quedaba atrás en un barco que se hundía. Había recibido algunas llamadas para ir a entrevistas de trabajo. Fontana Fasteners, una fábrica en Frankfort, a unos 40 kilómetros al norte de su casa, tenía una máquina parecida a la Tocco. Pasó por la salida a Frankfort y se dijo que llamaría después.

Finalmente, llegaron al complejo de apartamentos donde Nicole viviría con otras dos chicas.

“No bebas nada que no te hayas servido tú”, le advirtió Shannon.

“Diviértete”, le dijo Patricia a Nicole mientras se despedían con un abrazo.

“No te diviertas demasiado”, corrigió Shannon.

Durante la última ronda de abrazos, Nicole y Shannon rompieron en llanto.

Shannon afuera de su casa CreditAlyssa Schukar para The New York Times

Al día siguiente en la fábrica, Shannon vio cómo se cortaba otro lazo. Entró para encontrarse con Bob en la elevadora, por encima de la Tocco. Había un charco gigante en el suelo.

“¿Qué está pasando?”, preguntó Shannon.

Pero era obvio. Bob estaba desconectando la Tocco, días antes de lo programado. Ricardo, el ingeniero de procesos mexicano, había llegado con su equipo para empacar la Tocco. Shannon habría querido ver a Tad, el joven aprendiz. Tenía algunas otras cosas que enseñarle. El tiempo se estaba acabando. Pero Tad no estaba en ninguna parte.

Obtuvo otro empleo, le dijo Ricardo a Shannon, uno con un mejor sueldo que el de Rexnord. En vez de Tad, Ricardo había llegado con un chico nuevo que apenas hablaba inglés. Esta vez, Shannon no se molestó en aprenderse su nombre.

Ya nadie tenía la ilusión de que el presidente Trump salvaría la planta. Shannon no se lo recriminaba. “Todos están contra él”, dijo.

Sí se preocupó cuando escuchó en las noticias que estaba intentando acabar con un programa de cuidado médico financiado por el gobierno federal; Carmella dependía de él.

Trump se estaba convirtiendo en otro político más, al igual que Link-Belt se estaba convirtiendo en una marca más.

Shannon, que había encontrado su autoestima en la calidad de los rodamientos que hacía, se sentía insegura acerca de la persona en que se convertiría.

En un periodo de dos semanas, su empleo se acabaría. Su viaje a México se cancelaría a último minuto, junto con el bono de 5000 dólares con el que contaba. Los costos de capacitación se habían salido del presupuesto y debían limitarse.

Más de diecisiete años en el piso de la planta se habían transformado en esto: la Tocco, desconectada del agua y la electricidad, esperando a que la desarmaran. Ricardo estaba en una mesa cercana, empacando sus últimas bobinas en plástico de burbujas.

Shannon no se ofreció a ayudar.

Salió a fumar. No quería que Ricardo la viera llorar.

Más tarde, ese mismo día, un trabajador de tratamiento de calor se quejó de que cuando Ricardo había configurado la Tocco para que sacara un último lote de partes, la bobina se había calentado demasiado. Pero Ricardo siguió. Quizá tenía seguridad en su trabajo, pensó Shannon, o quizá tenía prisa de terminar la orden antes de que se llevaran la Tocco.

“Me gustaría ver la muestra”, dijo Shannon.

Se metió al taller y encontró el pedazo de acero archivado en un cajón. Lo puso bajo el microscopio.

Pero entonces pensó en la fábrica agonizante. Al departamento de moldeado solo le quedaban dos máquinas solitarias. El departamento de pulido casi había desaparecido. El lugar donde antes se ensamblaban las partes estaba marcado con cinta en el piso, como la escena de un crimen.

De pronto apagó el microscopio.

“Olvídenlo”, dijo. “Ya no es mi problema”.

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Farah Stockman, corresponsal nacional de The New York Times, entrevistó a veintitrés trabajadores y cuatro gerentes de la fábrica de Rexnord en el transcurso de siete meses. Rexnord no dio autorización para ingresar a la fábrica; las descripciones del artículo se basaron en entrevistas, fotografías y grabaciones de video.

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REGISTRO CIVIL/ Información de interés general

Registraduria Nacional del Estado Civil- Registro civil

Registro Civil

El registro civil es un instrumento que de manera detallada y fidedigna deja constancia de todos los hechos relativos a la identidad, filiación y estado civil de las personas, desde que nacen hasta que mueren.

En este registro se inscriben los nacimientos, reconocimientos de hijos, adopciones, matrimonios, separaciones, divorcios, defunciones y declaraciones de presunción de muerte, entre muchos otros acontecimientos que afectan la vida civil de las personas.

La existencia del registro es esencial para el reconocimiento de sus derechos y la exigencia de sus deberes a todo colombiano en relación con la sociedad y con su familia. Actualmente existen tres tipos de registro civil: nacimiento, con el que la persona nace a la vida jurídica; matrimonio, con el que se legaliza esta unión frente al Estado, y defunción, con el que se acredita el fallecimiento de una persona. Leer más Sobre REGISTRO CIVIL/ Información de interés general